No, no es la fusión nuclear con su energía infinita a bajo costo ambiental y bajísimo riesgo de accidente nuclear. Tampoco es la inteligencia artificial generativa, menos la computación cuántica. La Humanidad ha prescindido de todos esos ingenios, con éxito, durante el 99.999% de su historia. Sin esos avances podríamos estar con algunos problemas de más o de menos, pero tan felices o infelices como lo estamos ahora. Seamos realistas: hay inventos que nos pueden hacer daño. Si el niño Mozart hubiese tenido durante toda su infancia teléfonos inteligentes es dable dudar si hubiese logrado componer su Requiem o su Sinfonía 40. Perdido en cientos de juegos que hubiesen capturado su atención, no habría encontrado la hebra que lo llevó a componer el Requiem que hasta hoy nos estremece.
Entonces, ¿cuál es el negocio más importante? ¿La minería de cobre para transmitir datos y energía? Tampoco. Como suele suceder, el negocio más importante de la humanidad, ese que no puede desconocer ni postergar se resume en dos actos muy simples: respirar aire limpio y tomar agua no contaminada, de todo el resto nos podemos encargar más adelante: el nano chip híper avanzado puede esperar, nuestra próxima inhalación, no.
Entonces ¿de dónde viene tanta irracionalidad en nuestras prioridades, por qué nos obsesionamos con la fusión nuclear o la inteligencia artificial antes que de la calidad del aire y de las aguas? Aquí ensayaré una hipótesis provisoria: la irracionalidad nunca nos dejó, a pesar de los más de 300 años de ilustración y la aplicación consistente del método científico. A nivel de cultura de masas, de gobiernos y de empresas esperamos a la Inteligencia Artificial Generativa (IAG) como si se tratase del Mesías, una espera por completo delirante. Detrás de las decisiones en torno a la AIG subyace la fantasía inconsciente de que, con ella, ¡por fin! seremos como dioses y podremos evitar el trabajo, la pobreza, el envejecimiento y la muerte. Cantos de sirenas. Aquí debiésemos atender al hombre más astuto que ha pisado la Tierra: el Ulises de la Odisea. Primero, tuvo la sabiduría de ordenar que lo amarren al mástil de su nave para no entregarse a los cantos de las sirenas y, segundo, cuando Calipso le ofreció el amor eterno, la inmortalidad y compartir la naturaleza de los dioses, Ulises se negó en rotundo. Sabía que la dignidad y felicidad humana está en su propia mortalidad, en el retorno a su Ítaca original y a Penélope, su amor mortal, sujeto al envejecimiento y todos los inconvenientes de ser un animal humano. Entonces, el negocio más importante no es otro que preservar los equilibrios naturales que nos regalan agua, aire, temperatura adecuada y alimentos. El cuidado de la naturaleza es nuestro destino, nuestra Ítaca.