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Hace cien años, nuestros abuelos solían hacer una pequeña oración antes de cada comida. La idea era agradecer por los alimentos que estaban a punto de comer. Tras ese rito hay una intuición muy valiosa que hoy tenemos por completo olvidada: la riqueza esencial, los alimentos que nos mantienen con vida, son sólo en parte el resultado de nuestro esfuerzo. Hay algo o alguien (la naturaleza o Dios) que es la verdadera energía que produce esos alimentos. Seamos realistas, sin luz solar, sin fotosíntesis, sin polinización y sin ciclo del agua, todos moriríamos de hambre en brevísimo tiempo. Es esta realidad la que hacía agachar la cabeza y rezar a nuestros abuelos antes de tomar un bocado. La realidad es que el ser humano no controla ninguno de los procesos críticos de la producción de alimentos, comenzando por la luz solar. Es más, hay ciertos procesos que más bien entorpecemos: la polinización (con nuestra guerra química a insectos y plagas) y el ciclo del agua con la deforestación masiva.

Entonces, ¿quién crea riqueza? Pongamos atención en las proteínas, la base de nuestra vida. Las extraemos de animales y de los huevos, ninguno de ellos sería posible sin luz solar, sin forraje que es por completo dependiente del ciclo del agua y de los polinizadores, todos procesos que no controlamos. Entonces ¿dónde está el esfuerzo humano que hoy nos enorgullece al punto de olvidar dar las gracias por los alimentos en la mesa? Un juicio frío sobre la actividad humana orientada a generar alimentos nos lleva a considerarnos como meros recolectores tecnificados. Disponemos los cultivos de tal forma que, por intermedio de los ciclos antes mencionados, la tierra genere para nosotros los alimentos. Luego los recolectamos (preferimos el verbo “cosechar”, porque nos da la impresión de que la fruta se generó gracias a nosotros), los embalamos y los disponemos a la venta en el mercado. Ya en la tienda se lee: “Manzanas Don Luis, del campo a su mesa” y se acompaña con la imagen de un campesino que le asignamos el rol de “productor” o “creador de riqueza”. Nada se dice de las abejas que polinizaron, de los microrganismos de la tierra que llevaron los nutrientes a las raíces del manzano, ni de las lluvias, ni de la luz solar. No se menciona nada que nos haga rezar antes de comer esa manzana, claro, si somos “creadores de riqueza”.

¿Volveremos a rezar antes de tomar los alimentos? Es posible si la crisis climática que estamos comenzando a padecer nos recuerda que no tenemos asegurado nuestro sustento. Cambios violentos en el ciclo del agua, sequías devastadoras seguidas de lluvias torrenciales liquidan cada vez mayores cantidades de cultivos. Ya no nos será tan fácil recolectar nuestros alimentos desde la madre tierra. Cuando todos nuestros fertilizantes, pesticidas y riegos tecnificados no sean suficientes para generar la cantidad de alimentos que necesitamos, entonces volveremos a la vieja tradición de agachar la cabeza y agradecer por el plato que tenemos. La verdadera creadora de riqueza es la Tierra y sus ciclos.

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