La esperanza no es un estado pasivo de la conciencia. Es difícil sentir esperanza en el aislamiento, sin una actividad que movilice al cuerpo. En la experiencia de Cerro Escuela la Cantera, la esperanza brota como el resultado de una actividad comunitaria de cuidado de la naturaleza, en un entorno abierto. En tiempos de ansiedad climática, muchos jóvenes no se proyectan como adultos maduros. Les cuesta imaginarse en 20 ó 30 años más, pues tienen la sensación de que el mundo se disuelve a sus pies. En las redes sociales ven noticias sobre el colapso de los polinizadores, el aumento sostenido de las temperaturas que derrite glaciares esenciales para el ciclo del agua o el retroceso de la selva amazónica. Toda esta información va creando barreras mentales a la hora de construir un imaginario de vida futura que aliente la esperanza. El escenario en el cual se despliega este estado de ánimo ansioso es, con frecuencia, en el aislamiento, mientras vagamos entre las imágenes de las redes sociales y nos dejamos llevar por el vértigo de las pantallas.
Esta realidad se debe enfrentar, no sólo desde la perspectiva de la oportuna atención de salud, con psicólogos capacitados, sino que también desde la participación en actividades comunitarias de rehabilitación socioambiental. Así como el inicio del baile, en una fiesta, genera entusiasmo; una actividad de trabajo comunitario es capaz de activar los circuitos vinculados a la esperanza en la mente de quienes participan. El mecanismo es sencillo, pero eficaz: la sensación de ser protagonistas de un cambio real moviliza muchas emociones, la esperanza entre ellas. Cuando un grupo se organiza para ir a plantar árboles a un lugar erosionado, está apostando por el futuro. Las conversaciones y la interacción que se producen en la actividad de plantación generan un proyecto común y una disposición a estar atentos al crecimiento futuro de las especies plantadas. Cuidar de la naturaleza junto a amigos, genera compromiso con el entorno y con los semejantes con los que compartimos ese entorno. Es este el sustrato real de la esperanza, sin él la esperanza se vuelve esquiva y cuesta arriba. La esperanza no nace en el vacío, requiere de un sustrato de vínculos comunitarios y proyectos comunes.
En Cerro Escuela La Cantera apuntamos a ser una fábrica de esperanza. Nuestra estrategia es relacional: unir a personas interesadas en la rehabilitación socio ambiental con un entorno que necesita de actividades orientadas a reiniciar los ciclos ecológicos propios del bosque esclerófilo. Ese lugar es el Cerro Escuela La Cantera, el más pequeño de la cadena de cerros del conjunto de Cerros de Chena. La Cantera ha pasado por la explotación intensiva de la cal que contiene, desde mediados del siglo XIX, luego fue separado de su cordón madre por la carretera Panamericana, actual Autopista Central, luego fue forestado con demasiados pinos y eucaliptos a fines de la década del 80 del siglo XX. Fundación Cerro Escuela La Cantera, junto a la comunidad Sambernardina, decidieron rehabilitar la ecología original del cerro. Esto nos tomará al menos 15 años. Este plazo conecta a los participantes con el futuro, genera horizonte y ese horizonte produce la tierra fértil para la esperanza. El Cerro Escuela se transforma así en una fábrica de esperanza para el Santiago de inicios del siglo XXI.