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Capítulo 7 Libro Demórate: El equívoco del viaje al espacio
Jun. 2025

Capítulo 7 Libro Demórate: El equívoco del viaje al espacio

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La época moderna, que presume de haberse liberado de toda ingenuidad, recae cada tanto en entusiasmos infantiles. Tal vez el ejemplo más claro sean las expectativas que provoca en muchos la carrera espacial. “Viajar al espacio”, se repite como mantra y ostentación del progreso humano. Sin embargo, detrás de todas esas imágenes y lugares comunes de nuestra “cultura espacial”, no existe la menor sospecha de que viajar al espacio es un imposible. Puede resultar decepcionante, pero no podemos ir a un lugar en el cual ya estamos: la Tierra que nos sostiene está, por completo, sumida en el espacio y da vueltas al sol, encadenada a la Vía Láctea que, a su vez, es parte de la danza de galaxias del Universo. Más de alguien nos corregirá: sí, pero se trata de viajar al “espacio exterior”, de salir de la atmósfera terrestre. Puede ser, pero en todo caso esa prevención nos confirma que habitamos el “espacio interior” del espacio exterior.

Como sea, desde el momento en que caemos en la cuenta que flotamos en el espacio, protegidos por nuestro entrañable planeta azul, comenzamos a tener algunas ideas incómodas: si es así, la Tierra vendría a ser nuestra nave interestelar. Y, si es así, nosotros vendríamos a ser unos astronautas desaprensivos que, a diario, consumen su propia nave con una voracidad suicida. Es inevitable imaginar a unos cosmonautas trastornados dentro de una estación espacial que, un buen día, decidieron extraer los cables del sistema de energía para hacerse, con su cobre, unas bellas pulseras, aretes o cualquier otro objeto de uso cotidiano. Un cuadro así, inevitablemente, nos llevaría a la escena siguiente: el personal de la nave muriendo por asfixia debido a la detención de los sistemas de oxigenación o pereciendo congelados o asados debido al colapso de los sistemas de control de temperatura. Esto que parece tan insólito, en el fondo, no lo es: grafica muy bien nuestra conducta respecto a la Tierra que, cómo no, es la nave espacial de la cual pende nuestra vida.

Esta conducta autodestructiva es un misterio. Una interpretación provisoria podría ser que somos el único animal capaz de prever su propia muerte. Esto nos lleva a sentir que la vida es hoy y que da lo mismo lo que ocurra con el planeta mañana. Arrasemos con mares, bosques, ríos y montañas, porque mañana no estaremos, sería la consigna. Pero, siempre hay un pero. En primer lugar, ¿qué nos lleva a pensar que nosotros somos los únicos dueños del planeta? A nadie le gusta que, por llegar tarde a una fiesta, se encuentre con que los primeros invitados se comieron todo. Al ritmo que vamos, es probable que en un par de generaciones más, ya no existan elefantes. ¿No tienen derecho nuestros bisnietos a acariciar un elefante? No somos dueños del planeta. No existe alternativa: nosotros debemos dejar la Tierra habitable para los que todavía no nacen.

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